Hoy termina oficialmente una semana esquizofrénica agridulce. Pasaron cosas malas y pasaron cosas buenas. El balance está borroso, como suele ocurrir en Navidad (esta es una época emocionalmente loca, no me digan que no).
Una nevada cayó esta tarde sobre Montreal. A mi normalmente las nevadas me agarran en mi casa pero esta vez estábamos en pleno centro de la ciudad y volvimos por una autopista blanca, en un anochecer blanco con el ruido del limpiaparabrisas y del iPod de Marianne, que por "menos volumen" que tenga siempre se escucha mas alto que nuestra propia música. Las vías del tren, los grandes estacionamientos, las fabricas y los puentes parecían fantasmas bajo el cielo amarillo. No sé si lo he escrito aquí antes, pero durante las nevadas nocturnas el cielo se ve color queso.
Lau venía en silencio concentrado en no patinar. Yo venía en silencio pensando en cómo las familias - por la razón que sea - se separan y terminan regadas por el mundo. "Desde la última vez que estuviste aquí ya han nacido 13 bebes nuevos" me dijo mi mamá ayer por teléfono. Y como yo no daba crédito a mis oídos sacamos juntas la cuenta con lápiz y papel. Nombre por nombre. Bebé madrileño por bebé madrileño.
TRECE.
Pensé en Marianne, que hace 4 años lloraba todas las noches por dejar a sus amigos de Caracas y hoy bailó su segunda función de El Cascanueces en la sala de espectáculos más importante de la ciudad.. Y aunque su rol de Angel no es muy importante, para no haber hecho un paso de ballet en su vida hasta hace dos años, es un logro intergaláctico. O al menos a mi, que practico pasión de madre pura y dura, me lo parece. Marianne baila en El Cascanueces de Montreal y sus abuelos no están aquí para verla, levitar de orgullo y machacárselo a cuanto ser viviente se les atraviese.
Estaba sumida en esos pensamientos melancólicos cuando llegué a mi muy nevada casa y entonces me quite el abrigo y corrí a sentarme en mi escritorio. Había algo que no podía esperar, algo que tenia que hacer el domingo por la noche. Y aunque me esmeré lo mas que pude y traté de concentrarme, metí la pata. Metí la pata en un email enviado a mucha gente.
Sentí que se me iba toda la sangre a los pies y que se abría un abismo bajo mi silla.
Me quede mirando la pantalla con el corazón detenido.
Si yo fuera mi jefe, por un error así me despediría. Pero ...soy mi jefe! Me perdono o me doy otra oportunidad?
Pasé unos minutos decidiendo si ponerme a llorar o ponerme a hacer la cena, llenar la lavadora y preparar los almuerzos del colegio.
Me decidí por la poco cinematográfica segunda opción.
Y metida de cabeza en tareas sin glamour, poco a poco el color me volvió a la cara y mi corazón se recuperó del susto.
Al final fui magnánima: me di otra oportunidad.
Después de todo, estamos en Navidad.