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viernes, marzo 23, 2007

Ni Monet ni Manet

las princesas y las filas.
Esta vez fuimos al Museo de Bellas Artes de Montreal a ver a Disney. La exposición - demasiado grande para una tarde - conecta los primeros trabajos de los estudios Disney con las obras del arte occidental que los inspiraron. Así es como familias enteras saltan de Blancanieves a los pintores prerrafaelistas ingleses y del expresionismo alemán al Libro de la Selva. A mi me encantó y estoy loca por volver con más tiempo y menos hambre. Esa día escapamos en busca de unas fajitas de pollo (qué pena decirlo) pero nos quedan unas 4 salas grandes por ver.

Taller de familia en Bellas Artes (nos dieron manzanas mmm).
En Febrero estuvimos en otra exposición mucho más pequeña que nos cautivó. Los iroquoiens vivieron en este territorio antes de que llegaran los colonizadores franceses y fundaran Montreal. En el Museo de Arqueología hay un montaje hermoso y bien escrito sobre esta etnia que desapareció de la faz de Canadá dejando poquitos rastros. Las niñas se horrorizaron porque las mujeres iroquoiennes cazabas, cultivaban, cocinaban, hacía las vasijas, criaban a los niños, construían las casas, eran las sacerdotizas, las maestras y las líderes de la comunidad.

¿Qué hacían los hombres, mamá?

La maqueta de la aldea fue su cosa favorita. ¿La mía? Que tuviéramos que sacarlas del museo casi por la fuerza (otra vez el hambre, para qué los voy a engañar).

De todas las tiendas de museos de la ciudad, la del Museo de Arqueología es mi preferida. Pero sobre eso les cuento otro día.

viernes, diciembre 29, 2006

Regalo

{para jugar}
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Nos dimos de relago de Navidad el Museo de la Civilización Canadiense, en Ottawa. Fuimos en busca de Petra, the lost city of stone en Jordania. Y encontramos además miles de objetos pertenecientes a las Primeras Naciones, salas enteras sobre el mundo inuit, la historia del patinaje en hielo, totems colosales y raudales de cosas que no hubo tiempo de ver. Ottawa queda a hora y media de granjas y praderas nevadas de mi casa. El día no pudo ser más bonito. Las vistas eran de película. Cuando el museo cerró dimos un recorrido nocturno por la ciudad para ver la Fiesta de la Luz: cientos de árboles iluminados con colores inusuales. A mi, para ser feliz, me habría bastado el edificio del museo aunque estuviera vacío. Fue amor a primera vista.

¡Feliz Año 2007 para todos!

viernes, marzo 10, 2006

Hallazgos de un jueves

Para una mamá normal, corriente y caribeña como yo, estrenar winter break no es pan comido. Resulta que yo no sé nada de nada. No sabía que todos los museos y centros de ciencias de Montreal despliegan un arsenal de actividades para los niños. Podíamos escoger - por ejemplo - entre ir al Aqualab de la Biosphère, hacer los medallones de Catalina la Grande en el Museo de Bellas Artes o aprender la danza aborigen de la serpiente de agua en el Museo McCord. Entonces vi que en el Museo de Arqueología celebraban los 100 años de la muerte de Julio Verne y para allá nos fuimos.
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Julio Verne posee un sitio especial en la película de mi infancia. Mi papá le tenía admiración y me contaba como este francés escribió sobre naves espaciales, submarinos, misiles, aire acondicionado y helicópteros mucho antes de que se hubieran inventado. De niña leí sus libros (no todos) y mis hijas van por el mismo camino.
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Les conté que a los 11 años Julio Verne se escapó de su casa y abordó sin permiso el barco Coralie, con destino a la India. Quería comprar allá un collar para su amor imposible, su prima Caroline. No llegó a ninguna parte porque antes de zarpar fue detenido por la policía y castigado por su papá. Esta anécdota romántica cautivó a Marianne de pies a cabeza. Ya leyó Viaje al centro de la tierra y La vuelta al mundo en 80 días. Ahora está inmersa en 20.000 leguas de viaje submarino.
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La exposición fue una absoluta belleza: había escafandras, ediciones especiales, las plumas de Verne, modelos de veleros, pulcros manuscritos, arpones antiguos y toda clase de tesoros. Valeria pudo ver por primera vez un enorme cuerno real de narval y ambas se murieron de asco con los frascos llenos de tentáculos verdaderos. Todo con misteriosos sonidos del fondo del mar y luces azules. Además, el show multimedia sobre la historia de Montreal casi nos saca lágrimas, disfrazarse de campesinas de la colonia fue genial y el pequeño cementerio de los pioneros nos dio escalofríos.
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Con las uñas pintadas
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Fragmentos de vajilla inglesa, huesos de cordero, cuentas francesas de vidrio...
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Luego nos invitaron a realizar actividades arqueológicas en el edificio contiguo, una estación de bombeo en desuso. La favorita fue una mini-excavación. Las niñas aprendieron técnicas de búsqueda, recolección y registro de hallazgos. Limpiaron las piezas como profesionales y las clasificaron por comparación en el “laboratorio”. Las pobres sudaron para escribir el informe en francés, pero estaban encantadas.
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Apenas esta actividad comenzó, me di cuenta del efecto que tenían las manos de mis hijas en la guía y la mamá que estaba a mi lado. La noche anterior, las chicas habían tenido una sesión de belleza con una amiga. Como resultado, Valeria tenía las uñas de una mano pintadas de escarlata al estilo Moulin Rouge y las de la otra negras como una gótica borracha. Marianne, por su lado, se lució con sus diez uñas de negro brillante salpicadas de lunares fucsia… Llenas de orgullo, señalaban apuntando bien con la uña, tomaban las piezas minúsculas haciendo pinza con los cinco dedos y exageraban los ademanes para mostrar su maravillosa manicure. Yo les sugería ¿Por qué no usan los guantes, como los verdaderos arqueólogos?, pero nada. Mis arqueólogas son del tipo fashion. Definitivamente.

Nota: Hoy sábado las niñas quisieron ir de nuevo a este mismo museo y aproveché para hacer una foto del poster de Julio Verne. Por eso cambié la imagen.